Carlos Mena y Forma Antiqva brillan en el Auditorio
Scherzo | 11 mayo 2017
Uno de los grandes valores del movimiento historicista consiste en exhumar obras olvidadas y en recuperar compositores relegados. Pero ese proceso de justa restitución ha llevado aparejada la casi sistemática postergación de títulos que forman parte de lo que se podría denominar "grandes éxitos" de la música barroca. Por ello, resultó anoche especialmente interesante, para los no tan habituados a este repertorio, y especialmente entrañable, para los más habituados a él, poder escuchar, por ejemplo, la Música para los reales fuegos artificiales de Haendel o el Stabat Mater de Vivaldi. Hay que situarse: los abonados de la Sociedad de Conciertos La Filarmónica (cuya oferta mejora temporada a temporada, al punto de convertirse en una de las más interesantes que se proponen en Madrid) son seguramente de esos no habituados al barroco y parece una buena medida irle introduciendo en él por la vía de lo más popular, si cabe aplicarse este término.
No recuerdo exactamente cuántos años hacía que no escuchaba en una sala de conciertos esos Reales fuegos artificiales. O ese Stabat Mater. Pero, desde luego, eran muchos. Y se me antoja injusto, porque es una música de una indiscutible belleza, a la que el hecho de haberla escuchado tantas veces tal vez nos puede inducir a tenerla en una estima menor. Otro acierto de La Filarmónica fue poner el concierto en manos de Aarón Zapico y de su agrupación, Forma Antiqva, porque en este país aún llamado España lo que se estila es entregar este repertorio a directores y grupos extranjeros, en la falsa creencia de que los nuestros hacen bien la música de Nebra o de Durón, pero que Vivaldi es cosa de los italianos, Bach es cosa de los alemanes y Haendel es cosa de los ingleses.
Contó la velada, además, con la presencia del contratenor Carlos Mena, atractivo ya de por sí suficiente (al menos, para mí) para cambiar el Auditorio Nacional de Música por el Estadio Vicente Calderón, por mucho que a la misma hora los dos equipos capitalinos estuvieran dilucidando quién iba a estar en la próxima final de la Champions League.
El concierto estaba dividido en dos por la pausa, pero en realidad tuvo tres partes. En la primera se interpretaron esos Reales fuegos de artificio junto a una suite-pastiche que contenía piezas de Purcell, Haendel y del propio Haendel. Fue la hora gloriosa de los vientos metálicos. Trompetas y trompas sonaron estruendosas en esos pasajes de júbilo (recuérdese: se festejaba la Paz de Aquisgrán, es decir, el triunfo de Inglaterra en la Guerra de Sucesión austriaca) que Haendel ha sabido plasmar mejor que nadie en la historia de la música. Pero no solo sonaron estruendosas, sino también perfectamente afinadas, algo no tan frecuente cuando se trata de instrumentos "originales" en actuaciones en directo. Muy buena labor, asimismo, la de los oboes, con excelente acompañamiento de las cuerdas de arco (seis violines, dos violas, violonchelo y contrabajo; suficientes, aunque, claro, habría sido más deseable algún efectivo más... ya se sabe: cuestión de presupuesto) y de las pulsadas (guitarra y tiorba).
La segunda parte del programa quedó a su vez dividida en otras dos mitades. En la primera, Mena cantó, con ese gusto exquisito, con ese bello timbre y con esa prodigiosa capacidad de proyectar que tiene su voz, un celeste Stabat Mater que cautivó sin remisión al auditorio. Concluido este, sonó una breve sinfonía vivaldiana (la RV 111a), que fue la excusa perfecta para poner en práctica otra brillante idea —esta, escénica— de Zapico: hacer que los músicos fueran abandonando paulatinamente y en silencio el escenario, mientras se atenuaban las luces, para dejar solo al contratenor junto al bajo continuo (el propio Zapico al clave, sus dos hermanos —Pablo y Daniel— con el archilaúd y la tiorba, y el violonchelo de Ruth Verona). Tras una breve pieza instrumental (mitad Kapsberger, mitad improvisación), el director y la violonchelista también salieron del estrado. Entonces Mena, junto a las cuerdas pulsadas, entonó un conmovedor Pianto della Madonna, de Giovani Felice Sances, y un no menos turbador Ne timeas Maria, de Tomás Luis de Victoria. ¡Extasis total!
Una jornada memorable, con una interpretación fantástica de esas músicas que jamás tendrían que desaparecer de los programas y con otras mucho menos conocidas, aunque igualmente hermosas.
Eduardo Torrico
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Dos espléndidos conciertos en uno (El arte de la fuga) mayo 2017La Filarmónica. Madrid. Auditorio Nacional. 10-V-2017. 19:30 horas. Carlos Mena, contratenor. Forma Antiqva. Aarón Zapico, dirección. Música de G.F. Haendel, G.Ph. Telemann, H. Purcell, A. Vivaldi, G.F. Sances y T.L de Victoria
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